Esta es una versión más larga de una reseña publicada originalmente en la revista Quimera.
Cuenta Leila Guerriero (Junín, Argentina, 1967) que al regreso del trabajo de campo en el que investigó los hechos de Los suicidas del fin del mundo, pretendía escribir un artículo, pero un amigo escritor que conoció lo que ella había recogido en su grabadora y su libreta le dijo: “Con mucho menos que eso, Truman Capote escribió A sangre fría”. Era un espejo obvio. Ella reconstruyó una seguidilla de doce suicidios ocurrida entre 1997 y 1999 en Las Heras, una ciudad petrolera de la Patagonia argentina. Se interesó en el caso al verlo reseñado en un comunicado de prensa, así que viajó. Capote leyó una corta reseña sobre la masacre de los cuatro integrantes de una familia en Holcomb, un pueblo de Kansas, viajó y en 1965 publicó su libro más influyente. En 2005 Guerriero publicó el suyo, que era el primero, y además de catalizar su carrera contribuyó con la explosión editorial y publicitaria de la crónica latinoamericana de comienzos del siglo XXI.
Anagrama acaba de reeditarlo a sus veinte, ya veintiún años, cuando la época que marcó ha pasado. Guerriero, sin embargo, sigue ahí: va por su décimo libro, gana premios (el más reciente en España, el Cálamo Extraordinario 2025, “por el conjunto de su obra”) y está viviendo una particular popularidad como columnista de El País, por unos textos cortos que no muestran tanto una faceta nueva como la consistencia de lo que viene haciendo desde Los suicidas del fin del mundo. Quien conozca sus columnas y apenas vaya a leer el libro notará la persistencia de sus formas:
“…los árboles se sacudían como andrajos y si durante el día permanecía apagada y polvorienta, arrojada sin calma a un silencio de piedra, por la noche la ciudad parecía navegar en un vórtice oscuro hacia ninguna parte”.
“Afuera el viento era un siseo oscuro, una boca rota que se tragaba todos los sonidos: los besos, las risas. Un quejido de acero, una mandíbula”.
Leila Guerriero siempre ha sido efectiva en la construcción de un fraseo que explota con potencia la capacidad evocadora de la metáfora.
Pero más que su voz es su capacidad de mirar. En Los suicidas… trabajó bajo una premisa que ella misma enuncia y que evidencia los mecanismos de su relato: “Los datos dicen, pero nunca explican”. La reconstrucción de cada muerte, detallada y sobrecogedora, es por lo tanto mera información. No está ahí la verdad de su libro.
Todo periodista aprende algún día que escribir sobre muertos es obligarse más que siempre a hacer un acercamiento oblicuo a lo que pasó. Ella lo llama en un texto reciente, al referirse a Capote, “la dificultad del fantasma”.
Sus hallazgos los hace entonces a través de los resquicios que encuentra en los que quedaron vivos y en la ciudad misma. Siempre hay resquicios, pero no todo periodista los advierte. Saber mirar es percatarse de ellos. Es lo que le permite a Guerriero descubrir el prejuicio (“es el Maligno el que se los lleva”), el desaliento (“Acá, si no sos muy fuerte (…) se te van apagando las ilusiones. (…) yo creo que esa idea de quitarse la vida la ha tenido todo el mundo. Es que te cansa. Esto te cansa”). Y descubrir a Las Heras, donde “todas las semanas había noticias de bebés destrozados y niñas desvirgadas hasta la muerte”.
Los resquicios no siempre arrojan luz. Mirar a través de ellos es toparse con lo ambiguo. Muy pronto en el libro, por ejemplo, ella admite que no logrará responder por qué los suicidas se mataron. Pero el relato sigue porque entonces no es esta una historia sobre suicidas, sino sobre la nociva cotidianidad en la que quedaron quienes no tuvieron el impulso de matarse.
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Veinte, veintiún años después, Anagrama promociona la reedición de Los suicidas del fin del mundo como “crónica maestra del periodismo latinoamericano”. Es la delgadísima estela que aún queda del paso de la máquina promocional de la industria editorial por los terrenos de la crónica en América Latina a comienzos de este siglo.
Para 2005, la crónica latinoamericana ya tenía una tradición sólida. Ese año, de hecho, la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI, hoy Fundación Gabo) reeditó La invención de la crónica, un estudio poco difundido hasta ese momento, en el que la venezolana Susana Rotker identifica los comienzos del género en América Latina en los textos periodísticos que José Martí escribió a finales del siglo XIX. Puede leerse como una forma de acallar la tesis presumida de Tom Wolfe según la cual fueron él y otros cuantos en Estados Unidos los pioneros en aplicar en el periodismo, a mediados del siglo XX, las técnicas de la ficción (más concretamente, de la novela realista del siglo XIX).
En 2005, además de Los suicidas…, fueron publicados otros dos libros de crónica que marcaron la época: El oro y la oscuridad, del colombiano Alberto Salcedo Ramos; y Safari accidental, del mexicano Juan Villoro. Fueron el detonante de un hype que atizó la euforia por cultivar estilos en un oficio en el que la voz propia tiende a perderse. Fueron libros que reavivaron la insistencia en entender la crónica como género literario.
El contexto permitió que fuera una insistencia masiva. Internet no les había quitado relevancia a las revistas: Soho, Gatopardo (donde Guerriero fue editora), Etiqueta Negra, El Malpensante. Y el impulso institucional de la FNPI llegó a universidades y encuentros como los de “nuevos cronistas de indias” (el primero en 2008). Las editoriales identificaron un mercado que explotó las categorías de periodismo narrativo y periodismo literario, y fue así que cogieron fuerza también los libros de, por ejemplo, Julio Villanueva Chang, Juan Pablo Meneses y Gabriela Wiener.
Se configuró una suerte de generación de la que todo el gremio hablaba así no se la llamara con ese nombre. Casi siempre los mismos daban las conferencias en los mismos congresos. Casi siempre los mismos dictaban talleres. Además porque fueron estructurando sus propias tesis. En el prólogo de Safari accidental, Villoro aventuró la suya (más recordada que los textos de ese libro): la crónica es “el ornitorrinco de la prosa”; Villanueva Chang publicó —también en 2005— su ensayo El que enciende la luz, que propuso en ese título una bella y precisa definición del cronista (muy relacionada con la capacidad de mirar a través de los resquicios).
La mercadotecnia del caso llevó, naturalmente, a la soberbia. En 2012, Jorge Carrión tituló Mejor que ficción su antología de crónica latinoamericana; y el poeta Darío Jaramillo escribió en el prólogo de la antología que él coordinó que “la crónica periodística es la prosa narrativa (…) mejor escrita hoy en Latinoamérica”.
La distorsión que generó tanto ruido hizo que las salas de redacción se repletaran de cronistas, sobre todo de los que, ebrios de “periodismo literario”, se habían olvidado del periodismo en su intento taimado y fracasado de hacer literatura. Villanueva Chang lo había advertido en su ensayo: “se venden más crónicas, y un espejismo de publicidad editorial nos hace creer que hay más buenos cronistas”.
Leila Guerriero, con todo y las frases caprichosas y los pasajes gratuitos que uno se topa en sus textos, tiene el mérito de no haber tirado el periodismo en favor de la pose.
Los suicidas del fin del mundo sobrevivieron a una época que ya pasó. Al coincidir con la irrupción de internet en las salas de redacción y en la vida cotidiana de la gente, en los medios se hacía insostenible a largo plazo lo que era, al fin y al cabo, una apuesta por el texto. Y las editoriales pasaron a privilegiar las narrativas del yo en su categoría de no ficción, que lejos de rescatar trabajos periodísticos en primera persona, se engranaron en el actual hype de lo identitario.
Leila Guerriero. Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico. Anagrama, 2026 (Año original de publicación: 2005).
