Historia infernal de la asfixia: Tango satánico, de László Krasznahorkai

Portada de Tango satánico, novela de Lázló Krasznahorkai

Uno puede empezar con Sontag: “La obra de arte, considerada simplemente como obra de arte, es una experiencia, no una afirmación ni la respuesta a una pregunta”. También: “…el conocimiento que adquirimos a través del arte es experiencia de la forma o estilo de conocer algo”. La experiencia de Tango satánico, eso “parecido a una emoción”, es el descoloque que genera la simultaneidad entre acción y pensamiento, presente en la frase subordinada que va metiendo el sueño y la digresión en el flujo ya intrincado de la narración de los hechos. No es la experiencia de lo ilegible —ese chiste malo—, sí la del camino misterioso de comienzo (esa imagen del ataúd y la cuna haciendo una cruz) a fin (¿quién ha narrado todo esto?).

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“Contempló con tristeza aquel cielo que no auguraba nada bueno, los restos abrasados del verano recorrido por bandadas de langostas, y de pronto vio desfilar en una misma rama de acacia la primavera, el verano, el otoño y el invierno, como si percibiera la totalidad del tiempo que jugueteaba en la esfera inmóvil de la eternidad mostrando una infernal línea recta, la cual daba la impresión de atravesar el paisaje escabroso del caos y, al crear así la altura, alimentaba a la vez la ilusión de que el vértigo era algo necesario… Y se vio a sí mismo en una cruz de madera formada por la cuna y el ataúd, se vio allí agitándose, atormentado hasta que finalmente una sentencia árida —que no conocía distintivos ni distinciones y sonaba como un chasquido— lo entregaba desnudo a los lavadores de cadáveres, a las risotadas de despellejadores afanados, en un lugar donde comprobaría sin piedad, fríamente, la verdadera medida de las cosas humanas, donde constataría que ni un solo sendero lo conducía de regreso, pues para entonces se habría enterado ya, además, de que había ido a parar a una partida cuyo resultado estaba decidido de antemano y en la que los tahúres lo despojarían incluso de la última arma que poseía: la esperanza de poder retornar algún día a casa”.

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Tango satánico está repleto de amaneceres:

“Por el este, el cielo se ilumina con la velocidad de un recuerdo, se apoya con su color rojo y con el azul propio del alba sobre el ondulado horizonte, y sale también el sol con la angustiante inseguridad con que el mendigo sube por la mañana las escaleras de la iglesia, emerge para crear las sombras, para desgajar los árboles, la tierra, el firmamento, los animales, los hombres de esa unidad caótica y gélida en la que se dejaron atrapar como moscas en la telaraña, y todavía llega a ver la noche que huye al otro lado por el horizonte, llega a ver cómo van cayendo uno tras otro sus temibles elementos allá en el oeste, cual ejército a la desbandada, desesperado y derrotado”.

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Es común, y algo chistosa, la comparación que usa animales de forma peyorativa:

“Primero te revuelcas en el barro como un cerdo asqueroso y luego te quedas aquí fuera como un cordero extraviado…”.

“Si el hombre está rodeado de mujercitas de lo más guapas, qué iba a hacer con una gansa campestre como ella”.

“Juro que un oso hambriento en la peor de las pesadillas es más amable que él”.

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Extracto de un sueño:

“…estabatadoaunárbol rígidosentía queelcordelcedía y se miróelhombroenelque seabrió unaherida apartólamiradapuesnopodíaaguantar loqueveía y derepente estabasentado enunbuldózer lapalaexcavaba unenormeagujero seacercó unhombre ydijo dateprisaquenotedarémásgasolina pormuchoquemelopidas ibaahondandoelhoyoqueparasiempresederrumbó lointentódenuevo peroenvano seechóallorar sentadoenlaventanadela navedemaquinaria ynosabíaquéocurría siamanecíaosianochecía ytodoellonoquería nuncaacabar sentadoallínosabíaquépasaba nadacambiabaalláfuera nollegabanilamañananilanoche reinabauncrepúsculosincesar”.

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Hay unos veinte personajes, casi todos habitantes de un caserío construido alrededor de una fábrica. Después de que esta cerró, el pueblo entró en una inacabable decadencia (“la historia infernal de la asfixia”). Casi todos quieren irse y, sin embargo, ninguno ha ideado un plan claro para hacerlo. Nadie tiene la pulsión del heroísmo ni de la convocatoria a hacer algo. La historia, en cambio, está repleta de traiciones, mezquindades, burlas crueles entre ellos y un choque constante de intereses individuales que hacen imposible cualquier proyecto colectivo. Es la despolitización total. Solo comienzan a moverse ante la voz de un embustero que hace ver que la rudeza de estos seres, adobada con mucha zafiedad —eructan, escupen y vomitan en público— es la máscara de su vulnerabilidad. Son niños, realmente, y lo mucho que hay de cómico en la novela sale de su puerilidad.

Lázló Krasznahorkai. Tango satánico. Acantilado, 2017 (Año original de publicación: 1985). Traductor: Adam Kovacsics.


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