¿Qué es la intimidad?: Tu cruz en el cielo desierto, de Carolina Sanín

Era mayo de 2020 y los confinamientos por el covid nos habían obligado a usar más internet que nunca. El cambio más dramático fue trasladar y mantener allí hasta el límite el encuentro con los otros. Entender los abrazos, las estrechadas de manos y, claro, el sexo, como algo peligroso que, por lo tanto, debía ser evitable. Fue también en mayo de 2020 que Carolina Sanín publicó Tu cruz en el cielo desierto, una novela que, aunque no habla de esos encierros porque su historia ocurre antes, se puede leer en “código pandemia” porque cuenta una historia sobre amar y desamar por internet sin nunca haber tocado al otro.

Es, sobre todo, una historia sobre la confusión que eso significa para Carolina, la protagonista. Ella vive en Bogotá y cuenta en primera, segunda y tercera persona su romance a distancia con un escritor chileno radicado en China. Se conocieron por Twitter, y de ahí pasaron a Whatsapp para sostener una relación que nació y murió en lo virtual porque nunca se encontraron cara a cara.

La narradora lanza rápido pistas que permiten inferir que la protagonista es la misma Sanín y que aquí uno presencia una experiencia propia; o, al menos, una ficción en la que su personaje principal está creado para que quien mínimamente conozca la trayectoria de la autora lo asimile con ella: Carolina, el personaje, es una escritora y profesora de literatura, como Sanín; hace referencias constantes a literatura medieval (la tesis de doctorado de Sanín es sobre literatura de la Edad Media); y es activa en Twitter, también como Sanín. El romance, de hecho, comienza con un coqueteo en el que Carolina trina constantemente sobre su “traga de Twitter”. Trinos que se pueden leer en la cuenta de la autora, @SaninPazC.

Sea lo que sea (jugar a saber si la una es la otra es tan interesante como estéril), lo central aquí es cómo aquella confusión sobre un amor que siempre fue a distancia da pie a una novela que va del erotismo (un erotismo donde siempre hay alguien interactuando con el otro a través de una pantalla) a las preguntas que genera en Carolina la naturaleza de esa aventura. Cuenta, por ejemplo: “Le escribió que abriera bien los ojos y lo mirara mientras se venía, pero no estaban viéndose en la pantalla, así que ella se preguntó si lo que debía hacer en el éxtasis era abrir bien los ojos para mirar la frase escrita: ‘Abre bien los ojos’”.

A raíz de eso, Carolina se termina formulando una pregunta más amplia: “¿qué es la intimidad?”. Y la aborda con esa cualidad esencial de la buena escritura: la de nombrar los sentimientos y pasiones más comunes con palabras nuevas, al menos muy propias; con un lenguaje fruto de una mirada propia sobre el amor, el deseo, los vínculos afectivos, lo masculino e, incluso, sobre la actitud de las mujeres ante el abuso sexual.

Ese nombrar se vuelve una necesidad para Carolina porque quiere entender, escribiendo este libro, qué fue lo que vivió. Su condición de escritora lo hace un ejercicio casi obvio, pero central en su búsqueda. Y así se vuelve central en la novela. Porque en ese buscar con actitud obsesa la palabra precisa para expresar lo que siente, el idioma mismo, el español, queda expuesto para convertirse en parte de la historia.

Carolina lo hace a veces de refilón, como si jugara (“En todas partes hablé mucho. Me dan ganas de decir ‘habluve’, como ‘anduve’”). Pero los pasajes en los que busca desentrañar lo que vive ya no son juego, sino una exploración quirúrgica del idioma que dibuja la belleza especial de la que goza este libro. Como aquí, en el pasaje más iluminador sobre esto que digo: “Yo le escribía los encuentros sexuales en subjuntivo (quiero que hagamos esto, o quisiera que lo hiciéramos: “Que me frotes la verga entre los labios de la vulva”), y él, en indicativo (hacemos esto, estamos haciendo aquello: “Ahora móntame tú, que no puedo apoyarme más. Me duele la muñeca”). La diferencia de modos verbales debió mostrarme que para él todo estaba en efecto sucediendo; que él no requería que nos encontráramos nunca en persona, sino solo así, en fantasma, cada uno en su lado del mundo, haciendo el papel del amor en el teléfono”.

Tu cruz en el cielo desierto termina siendo una alabanza frontal al español (“El español: esa era la lengua que querías que te lamiera entre los muslos”, “…la emoción que siento al caer en la cuenta de que mi amor habla español como yo”) y, en general, una alabanza a las palabras (“Ambos éramos escritores. Todo lo que creíamos haber llegado a saber tras una vida de observar el lenguaje quedaba puesto al servicio de nuestro entusiasmo”; “Todos nuestros romances son vulgares, pero el que hubo entre él y yo fue más literalmente vulgar que otros en tanto que estuvo compuesto solo de palabras”).

A la disección de esas palabras Carolina le suma otro ejercicio: la comparación de su aventura, tan rara, tan confusa, con referentes que le son más familiares. Por eso se propone: “Para entender lo que tu amor quiso y lo que quisiste a través de él, tendrías que hacer un número infinito de fábulas, que es lo que ha hecho la humanidad para tratar de entenderse”.

Y así nos hace verla a ella y al chileno en fábulas de varias páginas en la dinámica de cazador y presa; en el ritual de una corrida de toros; como Romeo y Julieta, como don Juan y como Cleopatra; como parte de cuentos de Las mil y una noches; como una cruz. Y sigue.

Ella se lo plantea como necesidad, pero pasadas decenas de páginas también se pregunta: “¿Y cómo más fue ese cortejo que te ha dejado desfallecida y al que no te cansas de buscarle formas y referencias?”. Uno también se lo pregunta porque, aunque, usando su término, cada fábula sea una exploración bellamente escrita, al final queda una sensación de que esta de aquí, una de allá y, quizás, aquella, sobran.

Carolina Sanín explicó en una conversación que lo entiende como una forma de darle cabida a la “distracción” a la hora de escribir, como “una confianza en eso (la distracción) más que en el control de la unidad cerrada que es el libro”.

Pero al final esas fábulas se agotan como recurso narrativo. Y, una tras otra y tras otra, agotan.

Para Carolina, la protagonista, son, en todo caso, una apuesta por entender, lo que no implica que no termine dudando de esa apuesta. ¿Escribir, nombrar, fabular le sirven de algo? Ella misma no lo sabe: “Quería querer no decir más y preguntarme si no hablar sería vivir”.

Carolina Sanín. Tu cruz en el cielo desierto. Laguna Libros, 2020. 208 páginas.


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