La segunda novela de Andrea Mejía cuenta el viaje de Irene y Pablo desde una casa de retiro en el centro del país a una ciudad al lado del mar Caribe, en busca de respuestas por el suicidio de Gabriel, el hijo de Pablo, ocurrido hace tres años en una salida de buceo. Es un viaje que ella impulsa ante el declive de su marido, sumido en una tristeza que le quitó las ganas de comer y de vivir al tiempo que le abrió la garganta al trago.
Irene es la protagonista, la dueña de la acción. La que, al fin de cuentas, mueve todo en busca de respuestas y permite conocer más señas de lo que pasó. Pero no es este un libro de acción. Digo: un libro donde pasan muchas cosas. Su narrador o narradora, que todo lo sabe, se preocupa, más que por contar una historia (entendiendo eso como narrar la sucesión de unos hechos), por ubicar a los personajes en unas atmósferas que acentúan la tristeza de Pablo.
No es la tristeza repleta de llanto por la pérdida recién vivida, sino una ya instalada, cotidiana, que horada el alma a diario sin necesidad de lágrimas (pienso en el protagonista de Manchester by de Sea, la película en la que un hombre borracho descuida a sus tres hijos pequeños y mueren en el incendio de su casa).
Es la naturaleza, desde el título, el corazón de esa atmósfera. El mar, los árboles, las hojas de los árboles, las montañas, los perros, las mariamulatas, los cormoranes, un lago, un pez, el naranja del atardecer, las nubes, la lluvia, una anémona… la belleza de todo eso está puesta aquí en función de la melancolía.
La naturaleza como elemento esencial de la vida, y por eso presente en la descripción del hundimiento de Pablo: “Después vino la muerte de Gabriel. Entonces toda la vida, no solo su vida como ingeniero, sino la vida con todo lo que había en ella, la salida del sol, las estrellas ardiendo sin ser vistas, el cuchillo rodando por el pan, los ojos verdes de Irene, los dos perros y las sombras azules de los árboles, todo, y él mismo, se quedó atrás, en una vida anterior, una vida pasada, una vida en la que sí había vida”.
La naturaleza como metáfora que permite justificar la tristeza misma: “Le daba por creer que él era como una hoja. Que no estaba hecho para crecer y retorcerse como si fuera un árbol, o una rama, sino solo para caer; para secarse, para perder el color y por fin caer”.
Y no: la tristeza no se va. Lo que dice esta novela es que no siempre tiene que irse. Que, de hecho, ante la imposibilidad de sanarlo todo, puede convertirse en una forma de estar: “No quería nada, su cuerpo en verdad no padecía, no envidiaba el destino de nadie, ni pensaba que él tuviera uno”.
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Andrea Mejía. Antes de que el mar cierre los caminos. Tusquets, 2022. 221 páginas.
