El placer del texto: Paisaje con figuras, de Antonio Caballero

Propuso el escritor mexicano Juan Villoro entender la crónica como “el ornitorrinco de la prosa”. Por su condición híbrida, abreva en la novela, el cuento, el reportaje, el teatro, la entrevista, el ensayo, la autobiografía. La gracia está, dice, en que el cronista mantenga el equilibrio para que su texto no se convierta en ninguna de esas otras cosas. Pero el término sigue siendo muy manoseado y eso tiene que ver, en parte, con que su definición solo parece interesarnos a los periodistas. Necesitamos definir cómo empaquetamos lo que vamos a escribir para establecer puntos de partida necesarios: el punto de vista, el tono, el lenguaje mismo. Al lector, sin embargo, no le importa. El lector busca una voz.

Pienso en esto al leer el título del libro de Antonio Caballero (1945-2022) que reeditó El Malpensante en 2009: Paisaje con figuras. Crónicas de arte, literatura y música (la primera edición es de 1997). Es, realmente, un libro de críticas, no de crónicas. ¿La crítica también puede estar contenida en la crónica? Seguramente. Pero en este caso es al revés: la crítica contiene a la crónica. Y ese orden no deja de ser llamativo: la crítica, como la crónica, también puede ser un híbrido.

Es un libro de crítica porque su esencia es la valoración de obras de arte: desde los dibujos de Leonardo hasta la música de Mozart, pasando, en pintura, por Goya, Monet, Dalí, Warhol, Bacon, Botero, su tío Luis Caballero; y en la literatura, por Sartre, Cela, Vargas Llosa, García Márquez, Kundera, Henry Miller, Borges, Cortázar.

Son críticas que contienen mucho de crónica, de sentido periodístico, porque, por una parte, lejos de la reflexión iluminada del escritor en su casa o en su cabaña de retiro, casi todas están justificadas por las coyunturas típicas que mueven las salas de redacción: una exposición, la muerte de alguno de esos artistas, el centenario del natalicio de otro, el lanzamiento de un libro, la entrega de un Nobel. Paisaje con figuras es una recopilación de artículos que escribió Caballero sobre todo eso, como periodista de la desaparecida revista española Cambio 16 (en esta reedición incluyeron algunos publicados en otros medios).

Precisamente por su sentido periodístico, algunos textos incluyen anécdotas de Caballero con los autores: Gabo le responde una entrevista mientras come mariscos con su esposa; Kundera lo hace en un cuarto de hotel, interrumpido por una mucama que quiere entrar a tender la cama (escribí un hilo en Twitter sobre ese encuentro). Con Borges nos cuenta que se siente intimidado porque, cómo no, es Borges.

Y si no son anécdotas que vivió Caballero, él toma las de otros, con su ilimitada capacidad de observación, con su habilidad para hacer relaciones, e ilustra: usa la declaración de un papa en el siglo VIII para hablar de Sartre; los crímenes de Charles Manson para contraponerlo a Henry Miller; el entierro de Cortázar en un cementerio de París para hablar de la identificación como latinoamericano que el argentino había logrado sentir tan solo poco antes de morir; la negociación secreta entre el Ministerio de Defensa colombiano y una compañía de buzos nazis para reseñar la entrega del Nobel a García Márquez.

El énfasis en la anécdota (que tiene su punto más elocuente en el artículo sobre Althuser, porque la justificación para escribirlo no fue un hecho artístico, sino que el filósofo francés acababa de estrangular a su esposa), el énfasis en la anécdota, digo, marca las críticas de Caballero y las emparenta así con la crónica, un género en el que la imagen y la escena son esenciales.

Así encuentra y desarrolla su voz, que es, de nuevo, lo que importa.

También lo que dice, claro. Caballero es un crítico que prescribe. De la obra de Henry Miller, de quien lamenta que haya muerto sin que “los viejecitos respetables de la Academia Sueca” le hayan dado el Nobel, recomienda, en todo caso, saltarse las tres cuartas partes (“como de toda gran obra literaria”).

También es un crítico que dispara a sangre fría. De la literatura de Camilo José Cela dice: “Una voz campanuda, un idioma arcaizante, un tono pedante”. Y de Cela propiamente, que “es, desde ‘sus tiempos’, un personaje bastante miserable, y el ansia de dinero lo ha llevado a bajezas considerables a lo largo de su ya larga vida”.

Es un crítico que arriesga. En la entrevista a García Márquez, tras la publicación de Del amor y otros demonios, le dice: “hay dos laísmos muy feos”, “hay una frase que sobra”, “sobra un personaje entero”. Gabo, doce años después de haber ganado el Nobel, le concede las dos últimas.

Pero si hay algún motivo adicional para leer este libro (adicional a querer saber sobre todos aquellos sobre quienes escribe Caballero, incluso adicional a ser testigo de su inmensa cultura) es su escritura misma. Es un libro que, incluso cuando se adentra en los vericuetos de la forma, está bellamente escrito. Mención aparte merece el artículo sobre la obra artística de Luis Caballero, su tío.

Eso puede explicarse en que Antonio Caballero fue, más que crítico, más que periodista, más que columnista y más que novelista, o juntando todo eso, un escritor. Y para escribir es evidente que buscaba, como cuenta aquí que buscaba como lector, “el placer del texto”.

Antonio Caballero. Paisaje con figuras. Crónicas de arte, literatura y música. El Malpensante, 2009. 368 páginas.


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